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La ballena varada

Un día, una ballena quedó varada en la playa.

Era enorme, con la piel rugosa y negra. Yacía sobre la arena, de costado, con la boca entreabierta, mostrando los pelillos blancos que creían en su interior.

            La gente del pueblo se preguntó qué debía hacer con ella, y no tardó en decidir que había que aprovecharla. Empezaron por arrancarle la carne, dejando los huesos blancos y limpios refulgiendo bajo el sol. Como las costillas se alzaban hacia el cielo, formando un medio círculo por encima de la playa, algunas personas decidieron ir a decorarlas. Primero las limpiaron para quitar el olor a podredumbre. Después colgaron cuerdas, flores y bombillas, y dejaron algunas sillas debajo.

Pronto, el esqueleto de la ballena se convirtió en un lugar de reunión. Los hombres se sentaban a fumar de su pipa y se quejaban de que el mar estaba revuelto. Las mujeres trasladaron allí las reuniones de su grupo de lectura. Los jóvenes se hacían dueños de la zona por las noches; montaban fiestas, hacían hogueras, y tocaban la guitarra mientras bailaban y se divertían. Los niños disfrutaban correteando entre los huesos cuando iban a jugar a la playa y construían castillos de arena.

            Yo nunca me acerqué a ella. Tenía la sensación de que algo estaba mal, de que se debería haber devuelto la ballena al océano del que provenía. Mi abuela siempre me había dicho que los animales eran seres sagrados, y que debía tratárselos con respeto. Cada vez que paseábamos juntos por la línea de la costa, ella observaba con los ojos entornados a la gente que jugaba entre los huesos. Unas pequeñas arrugas se formaban alrededor de su piel, acentuando la expresión de desaprobación. Luego, negaba con la cabeza y decía:

            —Necios. El mar siempre reclama lo que es suyo.

            Después continuábamos caminando, alejándonos de aquel lugar.

            El esqueleto de la ballena se hizo tan popular que los turistas no tardaron en empezar a venir a verla. Todos querían disfrutar del extraño espacio que se había creado allí, el cual parecía tétricamente acogedor; a pesar de tratarse del cadáver de un animal, habían logrado darle un ambiente hogareño con toda la decoración que habían puesto.

            El alcalde no dudó en aprovecharse de aquella oportunidad para ganar dinero, y convirtió aquel espacio en un bar temático. Se construyó un puesto de madera en lo que era la cola de la ballena, y empezaron a venderse granizados, refrescos, tapas y bocadillos. La caja torácica se utilizó como terraza, y se cambió la arena del suelo por tablones de roble blanco. Se colocaron mesas y sillas, y se reutilizaron las plantas y lámparas que los del pueblo habían dejado allí.

            El bar tuvo un gran éxito. La gente venía de todas partes del país para tomarse el smoothie marinero y la hamburguesa ballena varada, que habían adquirido mucha fama después de que un influencer publicara fotos comiéndolo en sus redes, y todos puntuaban el lugar con cinco estrellas en las webs de viajes, diciendo que el ambiente allí creado era algo único que nadie se podía perder.

            Pero una noche ocurrió algo extraordinario.

            Yo había salido a dar un paseo. Era verano y el aire estaba cálido a pesar de que el sol se había ido hacía horas. Paseaba por un camino de rocas, encima de la playa, cuando vi una luz azul brillar en la zona de la ballena.

            Me giré para ver de qué se trataba. El esqueleto del animal refulgía con un resplandor tenue y espectral, creando destellos en el agua. Una sustancia etérea se separó de los huesos, elevándose en el aire en volutas de humo y uniéndose en una masa oronda. Tras unos instantes flotando sobre la arena, conformó la imagen del animal del que había salido. Después, se lanzo al mar.

            Entonces, las olas comenzaron a rugir y crecer, extendiéndose hacia el bar. Inundaron toda la playa, destrozando el espacio que los del pueblo habían creado. Cuando se retiraron, se habían llevado los huesos de la ballena, pero nada más. Las maderas, los muebles y las plantas seguían allí, mojados y esparcidos por la arena.

            Cuando los lugareños lo vieron, al día siguiente, se sobresaltaron, preguntándose cómo había podido ocurrir aquello, pues la marea nunca llegaba hasta esa zona de la playa.

            —El mar —me recordó mi abuela, observando la escena mientras negaba con la cabeza— siempre reclama lo que es suyo.

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