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Los Espectros / Relatos

Los Espectros III: Renacer

No era un evento común en la vida de una persona que un Espectro le invitara a visitar el Palacio de los Eternos. Era sin duda aún más extraordinario que uno de ellos fuera en la búsqueda de un mortal para llevarlo al lugar. Pero Ebara Salerion no era como los demás, no desde se había convertido en el Fénix.

    El palacio se encontraba tras unas murallas que poseían un hechizo que las hacía impenetrables para cualquiera que no fuera bienvenido. La primera vez que las había traspasado había sido a pie, por la puerta. Esta segunda lo hizo por el aire, siguiendo a Edelgard el Sabio y sus alas blancas, puras, no como las de ella, que estaban manchadas por un fuego que nunca se apagaba. El edificio imponía sin importar el ángulo desde el que se le mirase, pero acercarse desde arriba le dio una nueva vista que no desaprovechó. Sus altos muros de piedra negra relucían con la luz del sol. La decoración era sobria, pero los arcos de las ventanas y los contrafuertes poseían delicadas tallas y detalles que le daban un aspecto regio.

    Aterrizaron ante la puerta principal, que se encontraba abierta de par en par y daba a un largo pasillo de suelo de mármol. Cuando flanquearon la entrada, Edelgard se puso ligeramente rígido y afirmó el agarre sobre su espada. Ebara supuso que estaba pensando en el asesinato de Athael, la Guiadora de Almas.

    –¿Cómo es posible? Que hayan matado a un Espectro –inquirió ella mientras le seguía hacia el interior del edificio.

    Él caminó con pasos rápidos, paseando la mirada por todo el lugar sin envainar su arma.

    –Un hombre llegó. Athael se lo encontró justo ante estas mismas puertas. Portaba una guadaña con la que le arrebató la vida. El por qué esa arma puede dañarnos no lo sé. No la he visto con mis propios ojos. Todo lo que conozco es el testimonio de quienes se encontraban presentes.

    Ebara se giró para echar un vistazo al lugar donde había muerto un ser inmortal. No había ningún indicio de pelea, ni sangre en el suelo. Debían de haberlo limpiado ya.

    –¿Y ese hombre se fue sin más?

    Edelgard agitó la cabeza en sentido negativo antes de girar a la izquierda para subir por unas escaleras de piedra. Ebara fue detrás de él.

    –Los demás Espectros huimos de aquí en cuanto nos dieron el aviso. Volvimos cuando dejamos de notar su presencia. Ahora vaga por los bosques del este. No sabemos sus motivaciones ni objetivos.

    –Entiendo –murmuró ella, cavilando sobre la información que acababa de recibir.

    Caminaron por un pasillo que contaba con distintas puertas de madera a ambos lados hasta llegar al final, donde había dos grandes portones abiertos de par en par. La habitación a la que daban era redonda, y poseía una gran cúpula en el techo que dejaba pasar los rayos del sol hacia el mosaico del suelo. Lo único que había en su interior era una grada semicircular y varias columnas que mantenían el lugar en pie. En la grada se encontraban los otros tres Espectros que quedaban con vida: Lana la Justa, Aider el Caminante del Cielo y Helaya la Espada del Alba.

    Hablaban entre sí, alterados, casi en un murmullo. En cuanto escucharon la llegada de Edelgard y Ebara, detuvieron su conversación y se giraron para mirarlos. Eran ligeramente más altos que un ser humano de estatura media, al igual que Edelgard, aunque ninguno tenía la piel tan pálida como él, especialmente Helaya, quien poseía una tez muy oscura. Portaban armaduras plateadas hechas a medida y tras sus espaldas descansaban tres pares de esponjosas alas blancas.

    –Fénix, has venido –dijo Aider, descendiendo las gradas y acercándose a los recién llegados.

    Ebara bajó la cabeza en signo de un respeto que no sentía, complaciendo así a los Espectros. Cuando volvió a alzarla, vio en el rostro de Aider una sonrisa nerviosa que se encontraba acompañada por unos ojos ansiosos. Helaya se acercó también hacia ella, con una precipitación poco usual en un ser que vivía eternamente.

    –Confío en que Edelgard te haya puesto al día –dijo.

    –Le he contado todo lo que sabemos –dijo Edelgard con su suave voz, pasando al lado de su compañera.

    –Que es más bien poco –refunfuñó Lana, quien mantenía un permanente ceño fruncido en el rostro.

    –Tenemos la información que tenemos, y no hay más que discutir –dijo Aider con un tono nervioso pero cortante. Debían de haber una larga conversación sobre el tema.

    A Ebara le sorprendió la crispación que notaba en el ambiente, pero suponía que era normal teniendo en cuenta que acababa de darse un hecho insólito. La muerte de una de los Espectros no había ocurrida nunca en la historia. Al menos que ella supiera.

    –¿Cómo es que no conocéis al asesino? ¿Qué hay de su alma? –preguntó Ebara, siendo la única que parecía estar manteniendo la calma.

    –No se puede leer. Es como si estuviera desdibujada, como si fuera muy… –Edelgrad caviló acerca de la siguiente palabra que iba a pronunciar, –antigua –dijo al fin.

    Ebara comenzó a comprender por qué la habían llevado hasta allí. Le hizo gracia, pero evitó que se le notara. Los Espectros eran inmortales, y sin embargo alguien les estaba matando. Y tenían miedo.

    Le asaltó la duda de si ellos poseerían alma. ¿Iban también al cielo o al infierno al morir? ¿Eran sus propios compañeros quienes los enviaban a uno u otro lado, o lo hacían por sí mismos? ¿Lo sabrían, si quiera? Al fin y al cabo, Athael había sido la primera que había perdido la vida. ¿Habría desaparecido, así sin más? Tardó pocos segundos en dejar de cavilar sobre aquello. Era algo que le importaba más bien poco.

    –Necesitamos tu ayuda –admitió Aider.

    Ebara alzó la cabeza.

    –Queréis que busque al asesino y lo mate –dijo.

    –Así es.

    De nuevo, sintió el impulso de sonreír, pero controló las comisuras de sus labios.

    –Eres una persona excepcional, Fénix –dijo Lana sin relajar su postura. –Eres joven, pero se te conoce en todo el mundo como una valiente guerra, una sabia consejera, y una mujer inteligente.

    Ebara no dijo nada. Debía tener cuidado con lo que dijera en aquella sala y en aquel momento. Llevaba toda su vida trabajando para llegar ahí, y el cumplir su objetivo o no dependía de que supiera elegir las palabras adecuadas.

    –Eres la única en quien podemos confiar lo suficiente como para encargarle esta misión –añadió Helaya.

    Por supuesto que lo era, llevaba años esforzándose para ello. Los Espectros esperaron a que dijera algo, pero Ebara se quedó estratégicamente callada, como si estuviera dudando sobre lo que responder.

    –Te recompensaremos con el cielo –dijo entonces Aider. –Ascenderemos tu alma sin hacer ningún juicio.

    Ella alzó una ceja. Esta vez no pudo contenerse. No solo porque lo que los Espectros le ofrecían iba en contra de las leyes que regían su trabajo, sino porque ella ya tenía el cielo asegurado. El propio Edelgard se lo había dicho hacía unos años. Era obvio que intentaban manipularla. Comprendía el por qué. Los propios Espectros podían ir a buscar a aquel hombre, pero el miedo a perder sus vidas inmortales les había hecho acudir a ella. Ese miedo les imposibilitaba, además, el pedir ayuda a más gente, pues seguramente no querían que nadie conociera su debilidad, pero Ebara había trabajado tan duro para ganarse su confianza, que ellos no parecían dudar de que poseía buenas intenciones.

    –Llevo años haciendo vuestro trabajo –dijo ella entonces, midiendo bien sus palabras. Quería soltar argumentos de peso, pero no pretendía sonar exigente. –He luchado en guerras que deberíais haber parado, he ayudado a gobernar reinos que deberíais haber mantenido, y he asesinado a hombres que deberíais haber eliminado.

    Lana torció el gesto, lo que le indicó que había llegado al límite de la arrogancia que podía emplear.

    –He trabajado duro para que vosotros pudierais centraros en la ardua tarea de juzgar a las almas errantes de este mundo –continuó. –He probado que soy capaz, lista y justa.

    Edelgard se giró hacia ella, haciendo que su largo pelo azabache se moviera ligeramente en el aire. Entrecerró los ojos al posarlos sobre ella.

    –¿A dónde quieres llegar, Fénix?

    Ella le devolvió la mirada. Se dio cuenta de que los Espectros estaban impacientes por encontrar una solución a su problema, por lo que no les interesaba su cháchara. Había llegado el momento de poner las cartas sobre la mesa.

    –Ha quedado un hueco libre entre los Espectros. Yo soy la única persona que puede rellenarlo.

    Las expresiones de asombro se sucedieron en los rostros de los Espectros. Se miraron entre ellos, haciéndose preguntas mudas con los ojos. Ebara se quedó callada, esperando a que deliberaran. Por el largo silencio, dedujo que se estaban comunicando mentalmente, por lo que se mantuvo pacientemente de pie, estudiándolos. Lana la Justa había arrugado aún más la frente. Aider el Caminante del Cielo tornaba su cuello de un lado a otro para mirar a cada uno de sus compañeros. Helaya la Espada del Alba se había cruzado de brazos. Y Edelgard el Clarividente mantenía los ojos entornados.

    Cuando terminaron de debatir, se giraron al unísono para mirarla.

    –Ebara Salerion, el Fénix –dijo Edelgard, –has demostrado ser capaz de llevar a cabo el trabajo de un Espectro siendo una simple humana. Eres un caso excepcional en la historia, y por ello accedemos a considerar tu ascensión. Sin embargo, necesitamos que nos respondas a una única pregunta.

    Ebara tragó saliva.

    –¿Por qué quieres convertirte en Espectro? –inquirió Lana con un tono de voz brusco.

    Ella no dudó al responder.

    –Quiero seguir haciendo lo que he estado haciendo hasta ahora: mantener el equilibrio del mundo. El día en que me haga vieja y muera, ya no podré continuar –mintió, pero lo hizo con tal convicción que supo que ninguno se había percatado de ello. –Admiro vuestro trabajo y creo que mis actos demuestran mi vocación y entrega.

    Los Espectros volvieron a comunicarse mentalmente, pero esta vez sin apartar la vista de Ebara. Al cabo de poco tiempo, Edelgard el Carividente alzó su mano derecha hacia ella, con los dedos extendidos. Después, de uno en uno, Lana la Justa, Aider el Caminante del Cielo y Helaya la Espada del Alba le imitaron.

    La luz de la sala se tornó gradualmente más brillante, haciendo que todo a su alrededor se volviera cada vez más imperceptible hasta que no pudo ver nada. Sus oídos se taponaron, bloqueando también cualquier sonido. Y entonces sintió una paz inmensa, como si su cuerpo ya no pesara nada, como si las preocupaciones de la vida no tuvieran ninguna importancia.

    No supo cuánto tiempo estuvo en ese estado, aunque si la hubieran preguntado ella habría jurado que había pasado así una eternidad. Sin embargo, cando volvió a percibir su entorno fue consciente de que apenas había durado unos minutos. Respiró por primera vez como un ser Eterno.

    No tardó en darse cuenta de que sus extremidades habían crecido unos centímetros y de que ahora era más alta. También se sentía más segura, como si tuviera un control absoluto sobre su cuerpo, no como la torpeza que poseía cuando era humana, aunque no lo hubiera sabido entonces. Sus alas se habían vuelto visibles, pero no estaban hechas de fuego, eran de un blanco puro. Al mirar a los cuatro Espectros que se erguían frente a ella vio algo que antes no había sido capaz de ver: un halo envolvía a los Espectros, una especie de sombra grisácea imperturbable. Estaba mirando sus almas.

    –Bienvenida al Círculo de los Espectros, Ebara el Fénix –dijo Edelgard el Clarividente.

    –Ahora eres uno de nosotros. Servirás al mundo como nosotros y decidirás a dónde van las almas de los muertos –dijo Lana la Justa.

    –Pero primero, debes cumplir con la misión que te ha sido encargada –dijo Helaya la Espada del Alba.

    –Mata al hombre de la guadaña y restaura el equilibrio que ha sido perturbado –dijo Aider el Caminante del Cielo.

    Ebara alzó los ojos para mirar los rostros de los cuatro seres a los que había logrado engañar después de años de arduo trabajo. Sonrió y abrió sus alas de par en par. Las plumas blancas estallaron en llamas, ardiendo y volviendo a su forma ígnea. Las batió con fuerza y se alzó en el aire. Salió disparada hacia el cielo, como una saeta de fuego, rompiendo la cúpula y provocando que los cristales produjeran un tintineo en el suelo al caer.

    Ignorando las órdenes que le habían sido dadas, voló hacia el infierno.

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