La Mar de Historias

Historias de Tandrais / Relatos

Historias de Tandrais I: El tesoro.

Candela de las Rosas jugueteaba con su cuchillo sentada en la silla del capitán de La Invocadora de Mareas, uno de los barcos más conocidos en los siete mares. Hacía dar vueltas a la hoja entre sus dedos mientras miraba con cierto desprecio el mapa que había extendido ante ella, encima de la mesa de roble.

    Julio de las Rosas, uno de los piratas más exitosos entre los que se habían echado a la mar, se había ganado su renombre al convertirse en uno de los hombres más ricos de los bajos fondos gracias a diferentes robos y asaltos. Algunos decían que había sido por su inteligencia, otros, que se trataba de pura suerte. Candela no sabía cuál de las dos opciones era cierta, pero poco le importaba ahora: hacía un par de años que su padre había muerto y ella le había tomado el relevo como capitán, algo que podía no durar mucho tiempo más.

    No comprendía cómo Julio había logrado amasar tantas fortunas, pero ella no había resultado estar igual de atinada en sus intentos. Durante aquellos dos años apenas había logrado realizar un robo que les diera a ella y a su tripulación verdaderos beneficios, y se había visto obligada a pagar los sueldos con el dinero que le había dejado su padre en herencia. Pero ese dinero empezaba a acabarse.

    Cuando el aclamado Capitán de las Rosas murió por la infección producida por un balazo, su testamento se hizo público, haciendo que otros piratas y cazafortunas se obsesionaron con él. Había un tesoro, decía, el mejor que jamás había robado, enterrado en alguna isla perdida en el mar. Su mapa se encontraba escondido en “aquello que él más quería”.

    Candela suspiró. Una estupidez tan grande como dejar un acertijo acerca de un tesoro escondido era la típica cosa que haría su padre. El hombre, que era conocido por su excentricismo, habría pensado que la caza del tesoro se convertiría en un tema importantísimo que mantendría a todo el mundo buscando y peleando entre sí durante décadas, convirtiéndolo a él en una leyenda. La realidad había sido que la gente se había cansado rápidamente del tema, pues al pasar algún tiempo sin encontrar ninguna pista, se había dado por supuesto que se trataba de una simple pantomima. Por supuesto, antes de que todos aceptaran que era una farsa, Candela se había visto acosada por cientos de hombres y mujeres que pensaban que ella era “aquello que su padre más quería”. También habían revisado La Invocadora de Mareas de arriba abajo en varias ocasiones, así como distintas cajas fuertes donde Julio había guardado su dinero. Para el cabreo de Candela, incluso se habían atrevido a profanar la tumba de su madre. Sin embargo, no se había encontrado ningún mapa ni indicio de su existencia en ninguno de aquellos lugares.

    Debido a todo aquel revuelo, a ella le había costado mucho guardar el dinero que había heredado, y había tenido que luchar con uñas y dientes para mantener el barco bajo su control. Por suerte, había contado con una tripulación que conocía desde pequeña y en la que confiaba, de lo contrario, seguramente se habría quedado sin nada. Estaba segura de que su padre ni si quiera había calculado las posibles repercusiones que su jueguecito podría tener sobre ella. Julio de las Rosas nunca había pensado mucho en su hija.

    Ella había odiado aquella absurda búsqueda del tesoro desde el principio y se había negado a participar en ella, pero la falta de buenos robos la estaban llevando poco a poco a la banca rota y la desesperación le había hecho darle vueltas al tema de nuevo hasta que llegó a una conclusión.

    Días atrás había zarpado hacia el lugar donde había sido enterrado su padre, el cuál habían mantenido en secreto para evitar que lo profanaran también, y esta vez había sido ella quien había cogido una pala y había sacado el cuerpo de su descanso eterno. El hombre había sido enterrado con un solo objeto; una pistola de la que nunca se separaba, pues decía que le había salvado la vida en un par de ocasiones. Por supuesto, Candela la había revisado y desmontado antes de meterla bajo tierra la primera vez, pero el arma no tenía nada de especial, así que la había dejado junto con el muerto. Esta vez decidió romperla, algo en lo que sencillamente no había pensado antes, y se había encontrado un mapa dentro de la culata: el mismo mapa que ahora descansaba extendido sobre su mesa y les estaba guiando al que su padre había considerado el tesoro más valioso que había poseído.

    Suspiró una vez más. Había rumores sobre cómo Julio de las Rosas había robado al Rey Janis III. Diferentes historias fantásticas se contaban por todo Tandrais sobre cómo lo había logrado, y muchos decían que era eso lo que se encontraba escondido en la isla misteriosa. Candela, que conocía bien a su padre, tenía la mala sensación de que aquello no serían más que cuentos que el hombre había avivado por puro excentricismo. Lo que la llevaba también a pensar que probablemente estuviera dirigiéndose a una isla donde no encontrarían nada de verdadero valor.

    -Con que no enterrara una nota con alguna de sus estúpidas frases diciendo que lo importante es la aventura, me contentaré -murmuró para sí misma.

    Un golpe en la puerta la sacó de sus pensamientos.

    -¿Sí?

    La puerta se abrió y Caspar, su segundo de abordo, entró en el camarote. Era un hombre de estatura baja y complexión fornida. Tenía la piel de un color marrón claro, al igual que Candela, y llevaba la cabeza rapada.

    -Capitán, hemos llegado -anunció el hombre.

    -Muy bien -respondió ella con su acento Irguiso mientras se incorporaba. -Manda que preparen los botes. Y avisa al borracho de mi tío, seguramente estará bebiendo en la cantina.

    -Sí, Capitán.

    Candela salió a la cubierta, donde su tripulación trabajaba para hacer que La Invocadora de Mareas se acercara a una pequeña isla que se acercaba en el horizonte. Se podía distinguir ya una formación rocosa en el centro. Según el mapa, el tesoro se encontraba en su interior.

    -Sobrina, dicen que me has llamado -escuchó la voz de su tío.

    -Ya llegamos a la isla de papá, quiero que vengas conmigo en la barca -le dijo.

    Su tío tenía una buena panza, el pelo largo de color rojo y una barba enmarañada. A pesar de su pésima imagen, era un hombre fuerte, con muchas batallas a la espalda y en el que Candela confiaba plenamente.

    -¿Estás lista para ir? Deberíamos tener cuidado, sabes que Nigel podría estar siguiéndonos -respondió el hombre.

    Candela arrugó la nariz. Nigel era un capitán pirata que había sido cercano a su padre, y la única persona que aún seguía buscando el tesoro. Ella se había preguntado si era porque él sabía que existía de verdad, o simplemente porque se había obsesionado con el tema.

    -Nigel me importa un carajo. Si hay algo de plata ahí adentro y viene a quitármela, se llevará un par de balazos en la sien.

    -Eres demasiado dura para la cara bonita que tienes, Candy -sonrió su tío dándole un trago a una botella de ron.

    -Y tú eres demasiado parlanchín cuando bebes. Te recuerdo que hemos intentado mantener el descubrimiento del mapa en el más absoluto secreto. Si Nigel se ha enterado, me apuesto mi barco a que ha sido porque te has ido de la lengua en alguna taberna.

    El hombre comenzó a quejarse sobre la mala visión que tenía de él su sobrina, pero la capitán ignoró sus palabras y se dispuso a dar órdenes. Una vez echaron anclas, bajaron en una de las barcas al agua y se acercaron a la isla junto con cuatro hombres de la tripulación. Mientras hacían las maniobras correspondientes, vieron el navío de Nigel a lo lejos, con su banderea con una calavera y una pistola ondeando en lo alto.

    -¿Cuándo aprenderé a no contarte las cosas importantes? -gruñó Candela, dirigiéndose a su tío. -Será mejor que nos apresuremos.

    Llegaron a la playa y saltaron sobre la arena. Comenzaron a andar hacia la cueva que señalaba el mapa. No era una isla grande, por lo que no les resultó muy difícil encontrarla. Cualquiera que hubiera pasado por allí podría haber dado con ella, la dificultad habría sido acabar en esa isla en concreto, ya que se encontraba en un archipiélago compuesto por cientos de ellas.

    En el interior de la cueva no había nada que llamara su atención, por lo que Candela ordenó a dos de sus marineros que se pusieran a cavar. Tenían que hacerlo antes de que llegara Nigel. No tenía una mala relación con el capitán, pero todos sabían que los piratas podían hacer cualquier cosa con tal de conseguir un buen botín.

    Cuando las palas chocaron con algo duro, Candela se acercó para ayudar a sacar el pequeño cofre con el que habían dado. Entornó los ojos, sintiendo curiosidad sobre qué consideraría su padre que había sido su mayor tesoro.

    -Ábrelo -le instó su tío.

    Quitó el cierre de la tapa y la levantó. En el interior tan solo había una pequeña piedra de color rojizo ligeramente cubierta de polvo. Candela frunció el ceño. ¿Una única piedra preciosa? Su padre había almacenado unas cuantas como aquella. Solía llevar varios anillos de zafiros y esmeraldas en los dedos y colgantes de rubís en el cuello.

    -Es la piedra, ¿verdad? -preguntó una voz de hombre.

    Candela cerró la tapa con un golpe que resonó por el interior de la cueva y se irguió. El Capitán Nigel, un hombre alto y delgado con el pelo corto y una rizada barba negra, se encontraba delante de ella junto con varios de los miembros de su tripulación.

    -Siento decepcionarte, es un pergamino donde dice que su mayor tesoro fue la aventura -respondió ella, encogiéndose de hombros. -Conocías bien a mi padre, ya sabes lo teatrero que era.

    Nigel forzó una sonrisa.

    -Conocía a tu padre, por eso mismo sé lo que hay ahí dentro -dijo, señalando el cofre.

    -Piensa lo que quieras, Nigel. Pero lo he encontrado yo, así que es mío.

    El pirata negó con la cabeza.

    -Vamos, Candy. Julio y yo éramos buenos socios. Estoy seguro de que tú no tienes ni idea de qué es lo que hay ahí, pero yo sí lo sé. Y también sé qué gente estará interesada en ello y pagará el precio que realmente vale. Él te dejó una buena herencia y a mí no me dejó nada. Me lo merezco.

    -Lo que mi padre hiciera con sus cosas no es mi problema. Y estoy segura de que yo también sacaré un buen pellizco, no te preocupes, tengo mis contactos.

    El hombre negó con la cabeza.

    -Créeme, el valor de esa piedra no es simplemente el que aparenta. No sabes de dónde la sacó Julio. Hay historias que la rodean, mitos sobre un poder por el que mucha gente pagaría una fortuna… si supieras explicarles qué es -extendió la mano hacia ella. -Dámela, Candy, te prometo que te obsequiaré con parte del pago. Te haré rica de nuevo.

    Candela observó la mano que le tendían durante unos instantes, preguntándose qué era exactamente lo que había enterrado allí su padre. Pero fuera como fuese, no se fiaba ni un pelo de Nigel.

    -Insistes mucho con que te la entregue. ¿Por qué no me la quedo, se la vendo a tu contacto, y te doy parte del pago por la información?

    -Me temo que eso no va a poder ser así.

    -Entonces me temo que estás intentando timarme.

    -Candy… -suspiró Nigel. -Podemos hacer esto por las buenas, en honor a los viejos tiempos, o por las malas. Tú decides.

    Candela le pasó el cofre a su tío y desenvainó su espada.

    -Ya no soy una niña -dijo, escupiendo al suelo. -Así que dirígete a mí como Capitán de las Rosas, si no te importa.

    Nigel suspiró, pero sacó también su arma.

    Se enzarzaron en una pelea acompañados por sus respectivos marineros, quienes comenzaron a luchar entre sí. Candela sabía que Nigel tenía más experiencia, pero ella era más joven y ágil, y no se dejaría amedrentar fácilmente. Nadie la habría aceptado como nueva capitán si no fuera buena combatiente, por muy hija de De las Rosas que hubiera sido.

    Hizo un semicírculo con la hoja intentando golpear a su rival en el hombro, Nigel lo detuvo y empujó con fuerza para quitársela de encima. Acto seguido, el hombre dio una estocada al frente que ella esquivó girándose rápidamente.

    Candela era consciente de que aquella lucha era inútil. Ninguno de los dos tenía verdaderas intenciones de matar al otro, y fuera cual fuera la razón por la que Nigel estaba tan empeñado en conseguir aquella piedra, no parecía que perder un simple duelo fuera a hacer que la dejara en paz.

    Así que decidió dejarse de tonterías y acabar con aquello rápido. Con un golpe de la espada y un empujón con el hombro hizo que el capitán pirata se tambaleara. Aprovechó aquellos instantes para sacar la pistola que llevaba oculta dentro de su abrigo y apuntarle a la cabeza. Al instante, todos a su alrededor dejaron de pelear.

    Nigel se quedó quieto. La confusión marcada en su cara. Parpadeó un par de veces y volvió a sonreír de manera forzada.

    -Vamos, Candy -dijo, alzando las manos a modo de rendición. -No me vas a disparar en serio.

    -Capitán de las… -le intentó corregir. Pero se detuvo para soltar un suspiro. Después le golpeó suavemente en la frente con el cañón. -Voy a coger el cofre, me voy a subir a mi barco y me voy a ir. Y tú, como agradecimiento porque no te vuele la tapa de los sesos, no me vas a perseguir. ¿Estamos?

     -Nos lo estábamos jugando a un duelo justo, ¿qué pensaría tu padre si te viera?

    -Sabes de sobra que diría que he sido más lista que tú -bufó. -Te he preguntado que si estamos.

     Nigel la miró durante unos instantes, manteniendo la respiración. No parecía profesarla odio a ella de forma concreta, a Candela tampoco se le ocurría ni una sola razón por la que aquel hombre la pudiera tener rencor. Pero las pupilas del capitán demostraban que su empeño no iba a desaparecer de forma fácil.

     -Estamos -dijo con voz seria. -Pero tarde o temprano acabaré consiguiendo esa piedra, Candy. Tus juegos no son más que un obstáculo para mí.

    De las Rosas apartó la pistola de la cabeza del hombre y alzó una ceja.

     -¿Ahora le llamas “juego” a conseguir un tesoro y no querer regalárselo al primero que pasa? -ironizó.

    El hombre no respondió, por lo que ella se encogió de hombros y le hizo señas a su tío y su tripulación para que salieran de allí. Nigel se les quedó observando desde la playa mientras se marchaban en el bote.

    -¿Qué vamos a hacer con esta cosa, Candy? -inquirió su tío, sacando la gema del cofre y observándola a la luz del sol.

    Candela la miró también. No sabía de qué historias hablaba Nigel, ni qué se suponía que tenía aquella cosa de especial, pero por lo que había dicho el capitán, debía de ser algo realmente fuera de lo común.

    -De momento guárdala tú -dijo. -Hablaré con los viejos contactos de mi padre, buscaré información y… veremos si es tan valiosa como Nigel cree.

    Volvieron a La Invocadora de Mareas y pusieron rumbo a la capital de Tandrais.

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