La Mar de Historias

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La Isla de Marfil

Habían navegado tan lejos, que Isabelle había esperado encontrarse con algo distinto, pero todo era de la misma forma que en cualquier otra parte; el mar esmeralda olía a sal, la brisa le golpeaba juguetonamente el rostro, y el sol se elevaba sobre el barco castigándolos con su fuerte calor.

    El Capitán Craner ordenó a la tripulación que arriaran las velas para aprovechar la fuerza del viento. Los pasos de los marineros resonaron sobre la cubierta a la vez que los cabos de los que tiraban crujían formando ese sonido que Isabelle tanto disfrutaba. Subió las escaleras que conducían al timón y se apoyó sobre la baranda, oteando el horizonte y lamiéndose gustosamente el salitre de los labios. Hinchó su pecho lentamente y después soltó el aire, sonriendo. Había comenzado a disfrutar su viaje en El Vendaval.

    –Ya casi hemos llegado –gruñó el Capitán, moviendo ligeramente el timón.

    –¿Por dónde aparecerá? –inquirió ella, no viendo nada más que la mar en el horizonte.

    –Al oeste, cuando el sol alcance su cénit.

    Tal y como Craner había anunciado, poco después Isabelle logró vislumbrar un lejano destello que venía de babor. Entrecerró los ojos intentando hacer que la diminuta silueta que allí había aparecido tomara forma, pero ésta no lo hizo hasta que se hubieron acercado unas cuantas leguas más. Fue entonces cuando logró distinguir los numerosos edificios de fachadas blancas que le daban el nombre a aquel lugar: la Isla de Marfil.

    Las leyendas decían que en aquel islote solo había gobernadores justos y ciudadanos felices. Se contaba que era un lugar de tal abundancia que sus pescadores sacaban tanto pescado del mar que tenían que devolver la mayoría a las aguas antes de que anocheciera, que los árboles frutales daban tres veces los frutos que los del continente, y que las gallinas ponían huevos más grandes de lo normal. Allí los hombres y mujeres eran buenos y tenían un enorme sentido del honor. Sus guardias eran férreos y duros, pero también amables. Sus murallas, de un blanco impoluto, habían impedido a cualquier persona malintencionada atacar la ciudad. Ningún enemigo había conquistado sus plazas. Ningún pirata había saqueado sus hogares. Formaban una sociedad perfecta y feliz donde el crimen no existía.

    Poca gente creía que aquel islote fuera real, y los que lo hacían, o bien fantaseaban a menudo con la veracidad de otros muchos mitos y leyendas, o bien eran simples borrachos de taberna que contaban como verídica cualquier historia que se les pasara por la cabeza entre trago y trago. Isabelle nunca había pensado que la Isla de Marfil fuera una realidad, aunque después de lo que estaba viviendo ya no sabía en qué podía creer y en qué no.

    Se maravilló por la imagen que presenció una vez se acercaron lo suficiente al islote. Las altas murallas de piedra zigzagueaban sobre los barrancos, imperturbables, mientras las fachadas blancas de incontables casas se alzaban hacia el cielo con la elegancia de un cisne. El agua del mar chocaba contras las rocas produciendo un sonido placentero, acompañado de los gritos de las gaviotas que giraban en el aire sobre ellos.

    El capitán indicó a los marineros que descendieran la velocidad, penetrando en una pequeña bahía que se adentraba en la isla, y quedando flanqueados a ambos lados por una ciudad que solo existía en las leyendas. Al fondo, vislumbraron unas altas torres que se erguían de forma regia, intentando arañar las nubes con las puntas de hierro que las coronaban. Formaban parte de un gran palacio blanco con enormes arcos en puertas y ventanas. Al ver aquel edificio, Isabelle se preguntó para qué lo utilizarían, si el gobierno de aquella ciudad lo usaría como sede, y si éste sería tan bueno y justo como narraban las historias.

    –Capitán –dijo Hops. –Nos apuntan con cañones.

    Isabelle apartó los ojos del majestuoso palacio y los desvió hacia las murallas, las cuales estaban tan perfectamente cuidadas que no parecían poseer ni una sola grieta, ni un alga, ni ninguna lapa de mar que manchara su fachada impoluta. Lo que vio encima de ellas fueron docenas de bocas negras que esperaban a escupir sus balas sobre El Vendaval a la orden de quien quiera que fuera su Capitán. Los guardias que se mantenían de pie a su lado, dispuestos a quemar las mechas, portaban unos uniformes de un blanco marfil decorados con distintos detalles en plateado. Todos observaban el barco desde su posición con cierta hostilidad. Isabelle sintió que un escalofrío le recorría el cuello, haciendo que el pelo de su nuca se erizara.

    –¿Capitán? –inquirió, preocupada.

    –No atacarán –respondió él con una media sonrisa. Después hizo un gesto con la cabeza. –Es la bandera. Les pone nerviosos.

    El trozo de tela negro ondeaba en el aire plácidamente. La calavera blanca coronada por un círculo de espinas que representaba al Capitán Craner se distinguía sin problemas a una gran distancia. Ver aquella bandera daba un único y claro mensaje: piratas.

    Isabelle no pudo evitar preguntarse cómo lidiarían en la Isla de Marfil con barcos como en el que navegaba en aquel momento y que estaban gobernados por gente como Craner. Si la isla era real, podía suponer que todo lo que se contaba sobre ella también lo era. Por lo tanto, debía deducir que allí no los tolerarían.

    Desvió nuevamente sus pupilas hacia Craner. Un Capitán pirata sobre el que se contaban miles de historias, algunas veraces, otras repetidas tantas veces que casi se habían convertido en ciertas. Él aún no le había explicado cómo sabía el rumbo que debía tomar para llegar a la Isla de Marfil. Aquello, unido a lo poco que hablaba Craner en general sobre sí mismo, la llevaba a desconfiar de él. Pero en aquel momento era la única persona en millas a la redonda en quien podía apoyarse, lo cual no era, precisamente, una situación especialmente idónea.

    Navegaron hasta el puerto de forma lenta, dejando caer el ancla con anticipación para atracar el barco en un muelle que estaba libre. Como Craner había dicho, ninguno de los cañones sonó a su paso. Eso no hizo que el ambiente dejara de ser tenso, ni que los guardias que los vigilaban se apartaran de las armas que los enfilaban.

    –¿Y ahora qué? –preguntó ella por lo bajo, como si todos los hombres que había en las murallas pudieran oírla desde esa distancia.

    –Señor Hops –dijo Craner en alto.

    –¿Sí, capitán?

    –Ordena a los hombres que bajen la rampa.

    –Sí, capitán. ¡Ya lo habéis oído! ¡Arden! ¡Korel! ¡Bajad la rampa!

    El Capitán Craner abandonó el timón y dejó caer sus manos sobre la baranda, al lado de Isabelle. Ella observó cómo el bigote del hombre se movía con la brisa al mismo ritmo que lo hacía la pluma que decoraba su sombrero. El abrigo negro del Capitán, sin embargo, era tan pesado que apenas se movía. No como el suyo, de una tela marrón algo más fina, que se le pegaba al torso debido al cinturón en el que guardaba su pistola, pero que ondeaba libremente alrededor de sus piernas. Se preguntaba a menudo cómo era posible que Craner no sintiera calor con las ropas que llevaba, pensamiento que la hizo ajustarse su propio sombrero, tratando de mantener el rostro en sombra para que el sol no le dañara los ojos.

    El sonido producido por numerosos pasos sobre la rampa le indicó que había gente subiendo al barco. Tres hombres en total, todos ellos con aquel uniforme blanco ribeteado en plata. El que iba delante llevaba varias medallas en el pecho que lo delataban como el Capitán. A pesar de estar rodeados de una de las tripulaciones de piratas más conocidas de los siete mares, ninguno parecía achantado. El de mayor rango se plantó en cubierta y alzó la cabeza desafiadoramente.

    –Quiero hablar con el hombre que gobierna este barco.

    Craner soltó una ligera risa gutural y dio un golpe con la palma de la mano sobre la baranda. Después se apartó y caminó lentamente hacia las escaleras que conducían a cubierta.

    –Lo que quieres decir, hijo, es que quieres hablar con el Capitán –le corrigió mientras descendía con lentitud.

    –En la Isla de Marfil no se considera Capitán a quien ondea una bandera negra en su mástil –respondió el hombre con una voz firme y el semblante serio.

    –¿Y si la ondeara en el bauprés? –inquirió Craner.

    El desconocido no pareció encontrar el chiste gracioso, pero toda la tripulación soltó una sonora carcajada. Una vez se hubieron callado, Craner hizo una ligera reverencia.

    –Soy el Capitán Craner. ¿Con quién tengo el honor de parlamentar?

    El hombre frunció el ceño, pero ignoró el título que Craner había utilizado.

    –Con Alain Berim, Capitán de la Guardia de Marfil.

    –Muy bien, Alain Berim, Capitán de la Guardia de Marfil –dijo Craner. –Hemos venido para pedir audiencia con vuestro Profeta.

    Aquella noticia pareció pillar por sorpresa a Berim, quien entornó los ojos con desconfianza y agarró la empuñadura de su espada, la cual sobresalía de una vaina que colgaba de su cintura. Incluso a la distancia a la que se encontraba, Isabelle era capaz de admirar los delicados detalles de oro que la decoraban.

    –No sé cómo habéis encontrado esta isla, ni por qué conocéis la existencia del Profeta, pero en este lugar no dejamos entrar a ladrones ni a asesinos –respondió Alain Berim con los labios curvados en un signo de desprecio.

    –¡Maravilloso! Entonces la dejaréis entrar a ella –sonrió Crane, haciendo una floritura con el brazo antes de señalar hacia Isabelle.

    Ella dio un ligero brinco, como si hubiera esperado que el resto de personas que allí se encontraban se olvidaran de su presencia. El Capitán Berim alzó la mirada hacia ella de una forma tan repentina que Isabelle se sintió ligeramente intimidada. Intentó poner una máscara impasible en su rostro y bajó por las mismas escaleras por las que acababa de descender Crane, golpeando la madera con sus botas a cada paso. Se colocó enfrente del Capitán de la Guardia de Marfil y se sorprendió al notar, ahora que se encontraba más cerca, la juventud del hombre. No podía ser mucho mayor que ella. De hecho, no debía de rozar la treintena; su rostro era lampiño y su piel se mantenía tersa, tenía dos ojos de un azul oscuro, tan profundos como el mar, que parecían levantar dos barreras impenetrables ante quien intentara leer sus intenciones, poseía unos cabellos de un rubio cobrizo atados en una pequeña coleta, y un rostro que se mantenía férreo a pesar de su aspecto jovial.

    –¿Y quién es ella? –inquirió Berim, conservando una postura rígida y sutilmente amenazadora.

    –Isabelle, querida, ¿podrías hacer el favor? –dijo Crane por toda respuesta.

    Ella sabía qué era lo que le estaba pidiendo. Aún sentía cierto miedo, incluso cuando únicamente pensaba en hacerlo, pero comprendía que sería más fácil enseñarlo que explicarlo. Por otro lado, no parecía que la fueran a dejar sobrepasar las murallas de aquel lugar si no les daba una buena razón a sus habitantes para hacerlo. Por ello, respiró profundamente y se concentró. Pensó en cada rincón de aquel barco, en cada tablón y madera que lo componían, en los cordeles de los cabos, en la tela de las velas, incluso en todos los clavos que lo ensamblaban. Entonces, El Vendaval cobró vida propia. Las maderas rechinaron, el velamen se infló, la bandera pirata ondeó con una fuerza inusitada, y los cabos culebrearon, alzándose en el aire como si fueran serpientes que danzaban al ritmo de una flauta tocada por Isabelle. Algunos se enrollaron alrededor de la tripulación, suavemente, como si quisieran abrazarlos, y otros se enroscaron en el aire, esperando a que ella les diera órdenes. El agua bajo el navío se enturbió como si se encontraran en medio de una tormenta, haciendo que se bambolearan de un lado a otro.

    Isabelle observó cómo Berim abría los ojos de par en par, comprendiendo lo que ocurría, y sabiendo, quizá, algo que ella aún desconocía. Aquella expresión la hizo sentirse poderosa, disfrutando del reconocimiento recibido por un desconocido. Pero esa gloriosa emoción se dispersó al instante cuando notó cierto temor en las pupilas del Capitán Berim.

    Detuvo inmediatamente el control que estaba ejerciendo sobre el barco y todo se tranquilizó a su alrededor. Se quedaron en un silencio que sólo interrumpían las olas de mar al romper contra el muelle. Sin soltar en ningún momento la empuñadura de su espada, la cual agarraba con tal fuerza que sus nudillos se estaban tornando blancos, el Capitán Berim dijo:

    –Ella puede pasar.

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