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Los Espectros / Relatos

Los Espectros II: El fénix.

El viento soplaba con fuerza, produciendo un intermitente silbido en los oídos de los soldados. Las nubes grises amenazaban con la posibilidad de lluvia, y el olor a humo de los fuegos que habían encendido en grandes braseros les llenaban las narices.

Nian Tornum se preparaba para el último ataque de Lord Herrim.

El Capitán de la Guardia de la ciudad observaba las tropas enemigas desde la muralla preguntándose cómo sus desentrenados hombres, quienes estaban acostumbrados a años de aburridas patrullas sin ningún tipo de conflicto, se iban a enfrentar a aquel ejército tan grande, nutrido de combatientes experimentados, con armas y armaduras de mejor calidad y una estructura de mando bien organizada.

Nian Tornum no era más que una ciudad de tamaño mediano que se había dedicado a vivir de la agricultura y el pequeño comercio. El interés de Lord Herrim en conquistar aquel lugar no tenía ninguna justificación más allá del ego propio y su ansia expansionista.

Si habían aguantado los primeros embistes había sido gracias a sus gruesas murallas, pero dudaba de que pudieran resistir un ataque más. Por suerte para ellos, el Fénix había llegado para salvarlos.

Se giró para observarla. Era joven, una muchacha de no más de veintidós años. Tenía la piel aceitunada y el cabello marrón y rizado, que se había apartado del rostro con un sencillo recogido, el cual acababa en una cascada que caía por su espalda. Era esbelta y mantenía siempre una expresión seria en el rostro, más propia de un adulto que de alguien tan joven como ella. Había oído historias sobre sus hazañas, sobre cómo se había dedicado a realizar la labor que debían hacer los Espectros, y sobre cómo había participado en guerras, detenido conspiraciones, y aconsejado a reyes para mantener el equilibrio del mundo. Sabía quién era, pero se trataba de una completa desconocida. Parecía una novata, pero tenía más experiencia que muchos veteranos. Era solo una persona, y a la vez era su única esperanza.

-Capitán –dijo la joven, que no apartaba los ojos del horizonte.

-¿Sí?

-Calculo que la muralla no aguantará más de una hora, viendo la condición en la que ya se encuentra –el Fénix pasó sus dedos por la áspera piedra. –Mi recomendación es que aguantemos todo lo posible y causemos el mayor número de bajas con nuestros arqueros. Después… -observó a los hombres que corrían, nerviosos, de un lado a otro en el patio, un nivel por debajo de donde ellos se encontraban, -tendremos que salir a enfrentarnos a ellos. Nos superan con creces en número, pero confío en poder equilibrar la balanza.

-Sí –respondió él secamente. Con su inexperiencia en una batalla de tal magnitud, no le quedaba otra opción que confiar en aquella joven.

 

           ***

 

Habían pasado casi dos horas desde el inicio del ataque. Como había predicho, las puertas de la muralla no habían tardado en caer. Ebara Salerion, más conocida como el Fénix, bajó con rapidez las escaleras hasta el patio y se hizo hueco entre todos aquellos hombres aterrados. A ella le resultaría más fácil atacar por el aire, pero necesitaba que la gente de Nian Tornum la respaldara, y la gente de Nian Tornum precisaba de un líder. El Capitán de su guardia había muerto hacía media hora, cuando una flecha le había atravesado el ojo derecho.

Agarró su lanza con fuerza y se colocó frente a las puertas, lista para salir. Al otro lado podía ver una explanada que terminaba en una ladera, la cual ascendía levemente hasta el lugar donde lord Herrim observaba la batalla, montado en su caballo.

-¡SOLDADOS! –gritó, para que todo el mundo la mirara.

Se lanzó hacia los enemigos que habían tirado las puertas de madera. Hizo aparecer sus características alas de fuego, las que le habían dado su nombre y su fama, las que tanto odiaba y deseaba no haber adquirido nunca.

Atravesó al primero con su lanza, se giró y aprovechó para que el fuego que crepitaba en su espalda golpeara a otros dos. A la vez, hizo dar vueltas al arma para golpear a un hombre que se lanzaba hacia ella, obligarle a trastabillar y rematarle clavándole la punta de hierro en el estómago.

En apenas cinco minutos terminó con diez enemigos.

Los ciudadanos de Nian Tornum se habían quedado tras ella, con las bocas abiertas, viendo con sus propios ojos cómo todas aquellas historias fantasiosas que habían escuchado sobre el Fénix eran reales.

Ebara se detuvo para mirarlos, esperando unos segundos para lograr el efecto que deseaba: hacer creer a aquellos soldados inexpertos que eran capaces de derrotar a todo un ejército.

Cuando vio el brillo en sus ojos, gritó:

-¡SEGUIDME!

Y echó a correr.

Los hombres la siguieron, lanzando gritos al aire y alzando sus espadas.

Cuando salieron a campo abierto, abrió sus alas y echó a volar, esquivando con agilidad las flechas de los pocos arqueros que se molestaron en intentar acertar a un objetivo que se movía demasiado rápido.

Cayó en picado sobre un grupo de infantería e hizo lo que mejor se le daba hacer: dar muerte.

Cuando el Fénix luchaba, el campo de batalla quedaba regado de cadáveres calcinados y de sangre caliente manchando la hierba. Ebara se odiaba a sí misma, odiaba lo que era, pero no podía parar, no si quería conseguir aquello que más deseaba.

Mató de un lanzazo a un hombre que montaba a caballo, pero dejó que el animal huyera desbocado sin un solo rasguño. Asesinó a dos pobres desgraciados que intentaron detenerla y volvió a emprender el vuelo. Se dejó caer entre los guardias de Lord Herrim, creando una ligera explosión ígnea con el batido de sus alas. Escuchó gritos y aspiró el olor a carne quemada. Remató a los que quedaron con vida. Oyó a gente pronunciar su nombre con miedo. Hizo una mueca. Como era costumbre, aquellos que luchaban a su lado la veían como una heroína, pero los que debían enfrentarse a ella solo presenciaban a un monstruo envuelto en llamas.

El último combatiente que quedaba en pie aguantó un poco más, debía de ser un buen soldado. Acabó pereciendo como el resto, abrasado dentro de su armadura de hierro cuando esta entró en contacto con sus alas.

Hizo girar la lanza y después posó la culata en el suelo con un golpe fuerte, irguiéndose ante Lord Herrim.

Barrian Herrim era un hombre que rondaba los cuarenta años, se había quedado casi calvo y los pocos pelos que salían aún de su cabeza eran de color blanco. Tenía ojos pequeños y la nariz grande. Había sido un simple Lord bajo el reinado de un hombre más poderoso que él. Un día, había decidido que se merecía ser alguien importante, lo que le impedía conformarse con las tierras que había heredado junto con su título. Había comenzado a adquirir nuevas posesiones a través de negociaciones y contratos, manteniéndose así fuera del radar de alerta de los Espectros. Una vez había amasado una fortuna considerable, había cambiado su estrategia, comenzando a conquistar por la vía de la fuerza y asesinando a su rey.

Hacía tiempo que Ebara debería haber detenido a aquel hombre, pero había estado ocupada en otros asuntos. Hasta aquel día.

-¿Vienes a acabar conmigo? –dijo Lord Herrim, que la observaba con desdén desde su montura, como si observar a una mujer cubierta de la sangre de sus guardias y que poseía dos enormes alas de fuego a su espalda no le produjera el más mínimo temor.

-Lord Barrian Herrim, con tus conquistas y matanzas has puesto en peligro el equilibrio en el que se mantiene el mundo –dijo ella, mirándolo con ojos firmes. –Por ello, te pido que detengas tus pretensiones imperialistas, devuelvas todas las tierras arrebatadas a sus dueños y te limites a administrar únicamente las posesiones que te pertenecen legítimamente.

Lord Herrim soltó una sonora carcajada, acompañada de saliva que se limpió con el guantelete de la mano.

-Rey Barrian Herrim –le corrigió. –No te había tomado por una bromista –dijo.

La confianza del hombre parecía provenir del hecho de que, aunque su guardia personal acabara de morir, seguía rodeado por todo su ejército. De lo que no parecía darse cuenta, sin embargo, era de que sus soldados no se atrevían a acercarse al Fénix. Habían formado un círculo alrededor de ellos dos y, a pesar de que apuntaban a Ebara con sus armas, ninguno parecía dispuesto a dar el primer paso.

-Lord Barrian Herrim –repitió Ebara, sin cambiar el tono firme de su voz. –Ante su negativa, no me queda otra opción que condenarle a muerte.

Lord Herrim desenvainó su espada e hizo que su caballo se pusiera a dos patas, amenazadoramente. Cuando los cascos delanteros del animal golpearon en el suelo, escupió con una mueca de asco.

-¡Inténtalo!

El Fénix alzó la lanza y se dispuso a batir sus alas, lista para enfrentarse al Lord.

Entonces, otro ser alado aterrizó ante ella. Un hombre alto y delgado, con dos alas de plumas blancas y el pelo largo, liso y negro, se giró para decapitar a Lord Herrim con un golpe simple y rápido de su espada. Los soldados que los rodeaban lanzaron gritos de sorpresa y miedo, cogieron sus armas y se dispersaron en una desordenada huida.

Pocos humanos tenían la oportunidad en vida de encontrarse a un Espectro. Sin embargo, Ebara había visto ya a dos. La primera vez, cuando era una niña. Había ido hasta el Palacio de los Eternos y había esperado en las puertas, día y noche, hasta que la habían dejado pasar para que realizara su pregunta ante Lana la Justa. La segunda vez, había coincidido con Edelgard el Clarividente en la Librería de los Sabios. Edelgard le había agradecido su labor para equilibrar el mundo y le había avisado de que su alma ya estaba limpia, por lo que iría al cielo cuando muriera, de manera que ya no era necesario que continuara esforzándose de aquella manera.

Pero ni si quiera los Espectros sabían que no era el cielo lo que Ebara buscaba, por lo que no se había detenido.

Ahora, Edelgard el Clarividente volvía a alzarse ante ella.

El Espectro limpió la sangre de su espada y la envainó, observando al Fénix con una expresión grave en el rostro.

-He venido a buscarte –dijo con su característico tono de voz, suave y bajo. –Te necesitamos.

Ebara alzó una ceja, altamente sorprendida.

-¿Por qué?

Edelgard se tomó unos segundos para responder, parecía afligido. Finalmente alzó los ojos y habló.

-Uno de los Espectros ha sido asesinado.

Ebara tardó un tiempo en procesar la información, pero una vez se dio cuenta de todo lo que aquello podía implicar, sonrió.

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