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Las fases del extranjero: Acostumbrándose a Japón.

Hablemos entonces de las Fases de vivir en Japón. Como comenté en la primera parte de esta entrada (¿Cómo es vivir en Japón? Desmitificando el país nipón), el extranjero que viene a vivir a este país suele hacerlo con una idea mitificada del mismo, lo que produce que pase por un proceso casi inevitable de choque con la realidad. (Dejemos claro desde el principio que esto se aplica únicamente a aquellas personas que tienen intención de quedarse un tiempo extendido en el país y no a los turistas).

En la Fase 1, el extranjero está encantado con Japón.

Todo es nuevo, es diferente, los japoneses son amables y educados, puedes participar en festivales tradicionales, llevar kimono por la calle, probar comida nueva, ver dibujos de anime promocionando cualquier cosa, comprar un montón de artículos que en tu país ni si quiera existen, (figuras de tus personajes favoritos, peluches de todos los Pokémon habidos y por haber, un pancake con la cara de Luffy, videojuegos que no salen en el mercado occidental, y un montón de chucherías, bebidas y patatas con sabores que ni si quiera sabías que había disponibles). Lo admito, echaré de menos las patatas fritas con sabor a alga cuando vuelva a Europa.

Y, ¿qué hay de los conbini? Esas tiendas maravillosas, abiertas 24 horas y existentes en cada esquina del país, siempre disponibles para que nunca te quedes sin satisfacer tu repentino capricho de onigiri, perritos calientes o cualquier otro de los diferentes tipos de comida lista para llevar que ofrecen.

Todo es justo como esperabas y no puedes pensar en otra cosa que en quedarte en este país de por vida.

Y entonces pasa el tiempo, y todo lo que era diferente empieza a ser conocido, y las novedades ya no lo son tanto, y comienzas a darte cuenta de que no es tan fácil encajar en una sociedad que no está preparada para aceptar a los que no forman parte de ella. De repente todo es caro, (¿por qué un café me cuesta cinco euros?), y molesto, (¿en serio tengo que pagar todas mis facturas dando el dinero en mano, incluso las que sobrepasan los mil euros?).

La terrible Fase 2 no consiste únicamente en la enorme frustración que produce ver que llevas meses viviendo en este país y no tienes ni un solo amigo autóctono, como expliqué en la entrada anterior. Es mucho más que eso. Como ya mencioné, la sociedad japonesa ha estado mucho tiempo encerrada en sí misma. Es una sociedad que valora mucho la tradición y a la que le cuesta cambiar. Obviamente, la globalización ha traído muchas novedades y ha hecho que adquieran tintes occidentales, logrando que se abran poco a poco. Pero este ha sido un proceso lento y que aún está en desarrollo.

Esto hace que el extranjero se tope con ciertos problemas que a veces llegan a parecer obstáculos insalvables.

Estatua de Hachiko, Tokyo

Por un lado, existe el sistema de escritura japonés. Los amados y odiados kanji son interesantes, pero estudiarlos y comprenderlos lleva muchos años, y recibir cartas del ayuntamiento escritas en unos caracteres que ni si quiera puedes leer y que tardarías días en buscar individualmente es, quizá, una de las experiencias más frustrantes por las que he pasado en mi vida. ¿Es esta carta importante? ¿Me están enviando una notificación de que he realizado mal algún pago obligatorio? ¿Quizá me están pidiendo que vaya en persona al ayuntamiento para solucionar algún problema? Si saben que soy extranjera y que es muy improbable que sepa leer kanji, ¿¡por qué no me envían una copia en inglés!? Las encuestas realizadas a los extranjeros que habitan en el país nipón colocan este como uno de los mayores problemas a los que se tienen que enfrentar en su vida diaria.

            Y no mencionemos el idioma como tal. Por supuesto, es una exigencia lógica que aprendas la lengua del lugar donde pretendes vivir, eso no lo niego. Pero el japonés posee ciertas barreras que otros idiomas no tienen. Pregúntale a cualquier extranjero que haya vivido en Japón por el keigo y verás cómo empieza a echar espuma por la boca. El japonés tiene distintas formas de ser hablado, las cuales dependen de quién seas y a quién te dirijas, (pensando en si la otra persona es superior o inferior a ti en la escala del “honor”, este tipo de lenguaje se denomina keigo) Es decir, tu jefe está por encima de ti. Si trabajas de cara al público, el cliente está por encima de ti. La gente que es mayor que tú está por encima de ti. Si acabas de conocer a alguien, tienes que tratarlo como si estuviera por encima de ti, (y esa persona hará lo mismo, hasta que se esclarezca quién de los dos es superior, o si sois iguales y os podéis tratar como amigos). ¿Qué es lo que ocurre con esto? Pues que el keigo es una forma del idioma endemoniado que cambia tanto gramáticas, como palabras y verbos y no se utiliza igual si tú estás por encima o por debajo del otro.

Es de hecho tan complicado, que incluso los japoneses jóvenes que acaban de incorporarse al mundo laboral lo hablan mal.

Para explicar el problema que supone esto, voy a poner una anécdota real que me sucedió a mí. Tras cobrar mi primer sueldo en Japón, y como buena friki, me gasté todo mi dinero en la Nintendo Switch. Para aquellos que la conozcáis, sabréis que es una consola que ha dado muchos problemas con los botones, ya que se rompen fácilmente. Obviamente la mía no fue una excepción y a la semana de adquirirla uno me dejó de funcionar. En la tienda me dijeron que, para repararla, tenía que llamar a Nintendo por teléfono, (por supuesto, el servicio en inglés es inexistente), comentar el problema, y enviar mi consola a la fábrica. De alguna manera, y sorprendiéndome a mí misma, logré hacer todo esto y recibir la confirmación por parte de Nintendo de que me lo cubriría la garantía. A las dos semanas me llamaron para explicarme que, por alguna razón, tenía que pagar por la reparación.

El problema viene cuando la persona del teléfono hablaba únicamente en keigo y yo no entendía una palabra de lo que me estaba explicando. “¿Por qué tengo que pagar si está aún en garantía? Soy extranjera, no hablo bien japonés y no controlo el keigo, ¿podría explicármelo en un japonés normal?” le pregunté unas ochenta veces. Pero no, no pueden, porque eso va en contra de las reglas. Y ya hemos dicho que los japoneses adoran las reglas. Me encontré a mí misma en un bucle en el que yo repetía esta frase y la chica del teléfono volvía a darme la misma explicación en un japonés que no entendía. Una amiga mía (también extranjera), cogió el móvil para ver si ella podía comprender algo, infructuosamente, y, tras una hora al teléfono, no llegamos a ningún tipo de conclusión. Pagué lo que se me pedía sin saber por qué y recuperé mi consola.

Este tipo de japonés lo utilizan en cualquier tienda o servicio al cliente, y ninguno, en ningún momento, se atreverá a cambiar a un japonés no honorífico por mucho que se lo implores. Se da por supuesto, también, que lo utilizarás en tu entorno de trabajo si es que das el valiente paso de meterte en una empresa japonesa.

Lo que me lleva a hablaros de la experiencia de trabajar en Japón. La mayoría de occidentales que buscan empleo en este país lo acaban haciendo en empresas occidentales, ya que ofrecen las mismas condiciones que en Europa. ¿Y esto por qué? Porque aquellas cosas que a nosotros nos resultarían exigencias, en Japón se dan por hecho. ¿Trabajar todos los días horas extra sin cobrar? ¡Por supuesto! ¿Dedicar tu vida a la empresa? ¡Clarísimamente! ¿No coger vacaciones? ¡Hacerlo está incluso mal visto! ¿Tratar a tus superiores como si fueran dioses descendidos del mismísimo Monte Olimpo? ¡Obviamente! No creo que necesite explicar más detalladamente lo que lleva a muchos extranjeros a no querer quedarse a trabajar en una empresa japonesa.

Admitamos, para finalizar, que los japoneses también son personas normales y corrientes, exactamente igual que el resto del mundo. No son seres de luz educados y agradables que nunca te podrán una mala cara, ni te faltarán al respeto ni harán algo molesto. Es cierto que su cultura les hace tener ciertos valores, y que llevan el buen trato al cliente al extremo, dándole al turista la impresión de que todo el mundo en Japón es extremadamente educado. Pero en la vida real no dejan de ser personas, y como en todas partes, hay gente para todo. Hay japoneses educados, sí, pero también los hay que no lo son, (muchos más de los que os podríais imaginar, creedme), los hay amables y los hay bordes, los hay abiertos y los hay cerrados. Tengamos en cuenta que la sociedad japonesa tiene muchos lastres que aún debe aprender a soltar: el machismo que está por todas partes, el cual produce problemas enormes como la gran preocupación existente por la cantidad de abusos a mujeres en trenes, la agobiante visión del trabajo que acaba creando un país con una alta tasa de suicidios, las actitudes racistas que están completamente normalizadas, y una cultura que te exige ser como todos los demás, te convence de que destacar está mal y le impide a mucha gente ser ella misma.

Inevitablemente, el extranjero se topa con la Fase 2, un choque de realidad que frustra sus expectativas y hace que incluso acabe odiando Japón.

Arashiyama, Kyoto

¿Qué se puede hacer una vez se llega a este punto? Pues aprender de él. Comprender que la sociedad perfecta no existe, que Japón es un país con sus cosas buenas, que tiene muchas, pero también con sus cosas malas, como todos los demás países. He conocido a mucha gente que lleva años viviendo aquí y aún no ha sido capaz de superar la Fase 2. Esa gente vive frustrada y no es feliz, y quizá debería preguntarse si Japón es el país donde realmente quiere vivir. Pero también he conocido a otros que han alcanzado la Fase 3, han aprendido a convivir con los problemas que tiene este país y a valorar las cosas positivas.

Un país con un nivel de delincuencia y desempleo ínfimo, que aporta una gran sensación de seguridad, repleto de gente amable y educada, (aunque te puedas encontrar lo contrario), con muchas personas que están encantadas de que los extranjeros mostremos interés por su cultura. Un lugar con calles impolutas a pesar de la total ausencia de contenedores de basura, donde la gente hará cola respetuosamente hasta para entrar en el autobús y hablará siempre en un tono bajo, creando una atmósfera tranquila y confortable.

Lo que se tiene que aprender de todo esto es, en definitiva, que no existe el lugar perfecto, y que creer lo contrario es sencillamente ingenuo. Hay que saber ver las cosas negativas y convivir con ellas, y si no eres capaz de hacerlo, entonces a lo mejor no te gustaba Japón, sino la imagen que tenías de Japón.

 

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