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Los Espectros / Relatos

Los Espectros I: El extraño.

Athael, la Guiadora de Almas, miraba al frente mientras sus ayudantes terminaban de ajustarle la armadura. Se encontraba en un castillo de piedra negra, con altas paredes repletas de enormes arcos y pilares que poseían una sobria decoración. Al final del pasillo, varios metros por delante de ella, se abría una gran puerta que daba al exterior; el día estaba nublado, y el viento que se colaba dentro del enorme edificio era frío y afilado.

    Pero Athael no veía nada de aquello. Su mente estaba lejos de allí, en las laderas de Nian Tornum, observando cómo las tropas de Lord Herrin trataban de aplastar las últimas defensas de la ciudad.

    Torció el gesto. Habían permitido que aquel hombre se volviera excesivamente ambicioso, y lo habían dejado actuar libremente durante demasiado tiempo. Era trabajo de los Espectros evitar que el orden existente en el mundo se viera alterado, y la política expansionista de Lord Herrin estaba empezando a ser un problema a tener en consideración.

    Echó un rápido vistazo a los soldados que se preparaban para la batalla. No podía verlos como lo haría si se encontrara físicamente allí, pero, como Espectro, percibía las almas de todos los seres que caminaban sobre la faz de la tierra. Era también su deber encargarse de juzgar si aquellas almas irían al cielo o al infierno una vez abandonaran su forma mortal.

    Había una que llamó su atención, una que conocía bien: era más brillante que las otras y su forma era diferente a la de un humano normal, pues tenía alas.

    Parpadeó, volviendo al lugar en el que estaba su cuerpo. Sus ayudantes habían terminado, y ahora lucía una brillante armadura plateada y llevaba su cabello, blanco por las canas y con algún que otro mechón de color azabache, recogido en una trenza de caballo.

    -Parece que el Fénix está defendiendo Nian Tornum -comentó.

    Su ayuda de cámara hizo un sonido con la garganta mientras se encargaba de limpiar con un pañuelo manchas de la superficie de la armadura que solo él veía. Athael siempre se había preguntado por qué se molestaba tanto, pues una vez entrara en batalla tardaría segundos en llenarla de tierra y sangre.

    -Esa joven parece estar desesperada por mantener un alma limpia -comentó el ayuda de cámara.

    Ella extendió una mano para indicar que le trajeran su espada.

    -No lo hace por eso -dijo. -Cometió una atrocidad en el pasado y trata de encontrar la forma de perdonarse a sí misma.

    El ayuda de cámara dio un paso atrás, observando el reluciente metal, y asintió satisfecho.

    -Si tú lo dices, Espectro… -murmuró. -Al final eres tú la que ve dentro del alma de los hombres.

    Le tendieron a Salvaguarda, su espada de largo filo dorado, y se la colgó del cinturón. Hacía tiempo que un Espectro no salía de palacio para controlar una situación en persona. Era cierto que la actuación del Fénix había sido una de las principales razones por las que no habían necesitado hacerlo, pues parecía ser ella quien se estaba encargando de todos los problemas.

    “Al menos está usando sus poderes para algo útil” pensó mientras comenzaba a caminar hacia la salida, extendiendo sus alas de plumas blancas y preparándose para alzar el vuelo.

    Pero cuando llegó a la puerta, se detuvo en el último escalón antes de bajar al césped. Arrugó la frente. Había un hombre allí, esperando. Tenía la piel blanca, la cara larga y estrecha con una cicatriz en diagonal sobre su nariz. Sus labios eran finos y sus ojos oscuros, al igual que su largo pelo, el cual había atado con tiras de cuero y le caía por la espalda hasta las rodillas. Vestía con unos sencillos pantalones anchos, que se estrechaban en la cadera y los tobillos, unos zapatos de tela y una camiseta pegada que no tenía mangas, dejando a la vista sus musculosos brazos. Sostenía una enorme guadaña con su mano derecha de forma despreocupada, posándola en el suelo y dejando caer su peso sobre ella.

    Había dos cosas en aquel hombre que llamaban la atención de Athael: la primera, que se encontrara delante del Palacio de los Eternos, un lugar al que ningún humano podía acceder sin invitación, y la segunda, que por más que lo escrutara, no fuera capaz de desentrañar los secretos su alma, como si se tratara de un libro tan antiguo que sus páginas se hubieran amarilleado, borrando las palabras escritas sobre ellas.

    -¿Espectro? -inquirió su ayuda de cámara, que se acercó a ver por qué se había detenido.

    Él también se quedó parado, observando al desconocido con la confusión marcada en el rostro cuando lo vio.

    -¿Quién eres? -inquirió Athael.

    El hombre no dijo nada, tan solo sonrió burlonamente y, con un rápido movimiento, asió la guadaña con ambas manos y se lanzó a atacarla.

    Athael agarró al ayuda de cámara y lo lanzó hacia atrás, apartándolo de la afilada hoja a la vez que ella se echaba a un lado. Después desenvainó a Salvaguarda, la cual produjo un destello dorado, y detuvo el segundo golpe. Entornó los ojos mientras se batía en duelo con aquel hombre, sin comprender por qué alguien intentaría atacarla. Los Espectros no podían morir por mano de un arma humana. Aquel extraño acababa de lanzarse a una pelea que nunca podría ganar.

    Aún así, había algo dentro de ella que le gritaba que tuviera cuidado, que el peligro era real.

    Usó la parte plana de la hoja para para rechazar la guadaña y dio un empujón para intentar desestabilizar a su portador. Aprovechó el movimiento para lanzar un golpe semicircular al cuello de su enemigo, pero este era rápido y se agachó a tiempo, recuperando el equilibrio y girando para golpear sus piernas.

    Athael se elevó en el aire con un solo batido de sus alas y dio una patada, el hombre la esquivó rodando por el suelo. Ella volvió a posarse con un gruñido. Era escurridizo, y eso le molestaba. Volvió a lanzar un ataque que su rival eludió sin problemas y se encontró en una mala posición para detener un contraataque. El hombre de la guadaña lo vio y, con una risa, asestó un nuevo golpe.

    El Espectro interpuso su brazo izquierdo, en el cual apareció un escudo que solo ella podía invocar al que había bautizado como Inquebrantable, puesto que era imposible romperlo.

    La hoja de la guadaña impactó, e Inquebrantable se partió en varios trozos que cayeron al suelo con un estruendo metálico.

    El impacto la hizo trastabillar. Dio tres pasos hacia atrás, viendo su escudo en el suelo, hecho pedazos.

    -¿Qué…? -fue todo lo que pudo decir antes de sentir cómo la punta de la guadaña se hundía en su torso, atravesando armadura, carne y hueso.

    Soltó a Salvaguarda y agarró el mango de la guadaña mientras sus manos se llenaban de sangre. Él hizo mayor presión, hundiendo aún más la afilada hoja en su cuerpo. Entonces, Athael reconoció el arma. Esa guadaña no había sido forjada por ningún humano ni debía ser portada por ningún ser mortal. Dirigió su mirada a la cara del desconocido, sin comprender nada.

    -¿Cómo…? ¿Cómo la has…?

    El hombre tiró de la guadaña, sacando la hoja con un grotesco sonido, y Athael cayó al suelo. El desconocido hizo girar el arma y se la colocó sobre el hombro con tranquilidad, como si no estuviera portando uno de los objetos más poderosos del universo.

    Athael hizo un último esfuerzo por enviar un mensaje a su ayuda de cámara, quien se encontraba lo suficientemente cerca como para poder llegar recibirlo. “Corre, cuéntales a los demás Espectros lo que ha pasado” le susurró a su mente. “Diles que huyan”.

    Y la Guiadora de Almas murió.

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